En Loma de Cabrera, provincia Dajabón, durante uno de los encuentros de los Diálogos en tu Comunidad por el Bien Común (M158), emergió una realidad que trasciende lo local y toca el corazón mismo del Estado: la capacidad de responder cuando la vida depende de ello. La comunidad no describió una simple deficiencia operativa; estaba señalando una ruptura concreta en el servicio de emergencias de un centro de salud, obligando a familias enteras a trasladarse a otros municipios en momentos críticos.
El impacto no era menor. Esta situación afectaba directamente a más de 480 personas y, de manera indirecta, a alrededor de 1,700 ciudadanos, para un total de más de 2,100 dominicanos cuya seguridad y bienestar dependían de un sistema que no estaba funcionando como debía.
En términos reales, esto se traduce en minutos que se vuelven eternos, en gastos que no estaban previstos y, sobre todo, en riesgos que ninguna sociedad debería normalizar. Porque cuando una emergencia no puede atenderse a tiempo, el problema deja de ser administrativo y se convierte en una cuestión de dignidad.
La Constitución Dominicana, en su Artículo 61, es clara: el derecho a la salud implica acceso oportuno, eficiente y de calidad. No es una aspiración. Es una obligación. Y en ese punto se define una verdad incómoda pero necesaria: un Estado que no garantiza la atención en emergencias rompe su contrato básico con la sociedad.
La incidencia fue registrada en el Sistema M158 como prioridad. A partir de ahí, se activó el mecanismo institucional: coordinación con el Servicio Nacional de Salud (SNS), revisión de la operatividad, reorganización de turnos y fortalecimiento de la capacidad de respuesta. No fue improvisación. Fue método.
Ese método —escuchar, registrar, verificar y actuar— es lo que diferencia un Estado que acumula problemas de uno que los resuelve.
Semanas después, la comunidad comenzó a ver resultados. La sala de emergencias recuperó su operatividad, disminuyeron los traslados y volvió algo que no se mide fácilmente, pero que lo sostiene todo: la tranquilidad. En territorios fronterizos como Loma de Cabrera, donde cada kilómetro cuenta, un servicio que funciona no es solo eficiencia; es estabilidad social.
Los datos lo confirman. En los sistemas de monitoreo territorial, más del 80 % de las valoraciones positivas están asociadas a servicios que operan con continuidad y trato digno. Es decir, la confianza pública no se construye con discursos, sino con servicios que responden cuando se necesitan.
Y aquí entra un elemento profundamente dominicano: la salud no es solo un derecho individual, es un pilar de la familia y de la comunidad. Cuando una madre sabe que puede acudir a una emergencia y será atendida, no solo protege a su hijo; fortalece su confianza en el país, en sus instituciones y en su futuro.
En la frontera, además, esto adquiere una dimensión adicional. Un Estado presente, organizado y funcional no solo garantiza derechos: afirma soberanía, orden y sentido de nación.
Este caso demuestra que la transformación del Estado no comienza necesariamente con grandes reformas, sino con decisiones concretas que hacen que lo esencial funcione. Porque gobernar no es prometer más, es hacer que lo básico no falle.
Eso es, en esencia, lo que representa “El Estado que Funciona por el Bien Común”: un Estado que escucha, actúa y cumple. Porque cuando una sala de emergencias funciona, no solo se atienden pacientes. Se protege la vida, se ordena el sistema y se fortalece la nación. Y ahí —en ese momento exacto donde el Estado responde— es donde comienza la confianza. Es donde se construye el país.



