El agua pertenece a estas últimas. Cuando no llega a una comunidad, cambia la manera de cocinar, de asearse, de cuidar a los niños, de atender a los envejecientes y hasta de administrar el poco dinero disponible en un hogar.
En Duvergé lo escuchamos directamente durante los Diálogos en tu Comunidad por el Bien Común. Familias nos contaron que podían pasar días sin recibir agua potable y que, cuando eso ocurría, debían comprarla con recursos destinados a otras necesidades básicas. Para algunas, la decisión llegaba a ser tan elemental como dolorosa: comprar agua o comprar comida.
Esa realidad fue registrada en el Sistema M158 y transformada en una gestión concreta. Se coordinó el abastecimiento mediante camiones y puntos de suministro para responder a las comunidades afectadas. La acción alcanzó directamente a 8,100 personas y generó un impacto total estimado superior a 33,400 ciudadanos.
Las cifras importan, pero no cuentan toda la historia. Detrás de esas 33,400 personas están las familias que pudieron volver a cocinar con tranquilidad, los hogares que dejaron de gastar parte de sus ingresos buscando agua y los envejecientes, niños y adultos que recuperaron una condición indispensable para la vida cotidiana. Porque el agua no es simplemente un servicio: es salud, alimentación, higiene, tiempo y dignidad.
Nuestra Constitución le otorga una relevancia especial. El artículo 15 reconoce el agua como patrimonio nacional estratégico de uso público y establece que el consumo humano tiene prioridad sobre cualquier otro uso. El artículo 61, al proteger el derecho a la salud, completa una obligación que en el territorio adquiere una dimensión muy concreta: ninguna comunidad debería acostumbrarse a vivir sin aquello que necesita para vivir.
Pero Duvergé también deja una enseñanza sobre cómo debe funcionar el Estado. No basta con esperar que las necesidades lleguen convertidas en expedientes a una oficina. Hay que salir, escuchar, registrar, articular instituciones, gestionar soluciones y regresar para comprobar si la respuesta llegó. La política pública comienza con información, pero adquiere sentido cuando modifica la vida de una persona.
También debemos ser rigurosos: llevar agua mediante camiones atiende una urgencia, pero no sustituye las soluciones estructurales que requiere un sistema sostenible de abastecimiento. Precisamente por eso un Estado que funciona debe ser capaz de hacer ambas cosas: responder hoy mientras construye la solución de mañana.
Recorrer el país me ha confirmado que muchas veces los grandes conceptos del desarrollo se entienden mejor desde las necesidades más sencillas. Una familia no mide la capacidad del Estado únicamente por sus planes o presupuestos. También la mide cuando abre una llave, encuentra agua y puede continuar su vida.
En Duvergé fueron más de 33,400 personas alcanzadas directa e indirectamente por una respuesta nacida de la escucha territorial. Es una acción entre muchas, pero contiene una idea esencial para el país que debemos construir:
cuando la comunidad habla y las instituciones responden, un derecho deja de ser una promesa y comienza a convertirse en realidad.
Eso es el Estado que Funciona.







