La derogación del Decreto 693-24 ha colocado nuevamente al arroz en el centro de la discusión económica nacional. No es un asunto menor. Hablamos de un alimento esencial en la mesa dominicana, de miles de productores y de una actividad que sostiene comunidades, industrias y empleos. Sin embargo, reducir el debate a estar a favor o en contra de la apertura comercial nos impediría formular la pregunta verdaderamente importante: ¿qué tan preparado está el arroz dominicano para competir y qué debemos hacer para fortalecerlo?
La respuesta comienza con una realidad que merece mayor atención. El arroz dominicano de hoy es considerablemente más competitivo que el de hace veinte años. En 2025, el país produjo aproximadamente 14.78 millones de quintales, una cantidad equivalente a cerca del 96 % del consumo nacional estimado. Detrás de esa producción existe una estructura económica que integra agricultura, industria, transporte, financiamiento, comercio y servicios. Defender su productividad significa también proteger capacidades productivas y oportunidades de trabajo construidas durante generaciones.
Un estudio publicado en enero de 2026 por el Servicio Agrícola Exterior del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, preparado por el economista Virgilio Mayol, permite comprender la magnitud de esa transformación. Entre 2007 y 2025, la diferencia estimada de precios entre el arroz dominicano y el estadounidense se redujo de aproximadamente 75 % a 9 %. La relación entre sus costos unitarios de producción pasó de 2.13 a 1.34 veces. En menos de dos décadas, el país consiguió reducir considerablemente una desventaja que parecía estructural.

Pero el mismo estudio identifica la tarea pendiente. En 2024, República Dominicana alcanzó un rendimiento promedio de 5.28 toneladas métricas por hectárea, mientras Estados Unidos obtuvo alrededor de 9.42 toneladas. Aunque producir una hectárea aquí cuesta aproximadamente 18 % menos, nuestro costo por tonelada continúa siendo mayor: unos US$459 frente a US$344. La explicación es sencilla: gastamos menos por superficie cultivada, pero todavía obtenemos menos arroz de ella. Esa diferencia resume uno de los principales desafíos de nuestra productividad agrícola.
Con estas cifras en mente, quise llevar la reflexión hasta Angelina, en la provincia Sánchez Ramírez, para conversar con Herman «Manito» Despradel, un hombre que comenzó su trayectoria en el arroz en 1974. Más de medio siglo de experiencia le permite conocer la transformación del sector desde dos perspectivas que pocas veces se analizan juntas: la finca y la factoría. Allí comprendí que detrás de las estadísticas existen décadas de inversión, aprendizaje, mecanización, manejo del agua, mejoramiento de semillas y adaptación tecnológica.
En el campo, la productividad adquiere una dimensión concreta. Importa cuántos quintales produce cada tarea, cuánto cuesta prepararla, qué cantidad de agua necesita, cómo se realiza la cosecha y qué pérdidas pueden evitarse. Cada mejora en rendimiento que no implique un aumento proporcional de los costos reduce el precio unitario de producción. Por eso la verdadera discusión sobre competitividad debe comenzar en la tierra, antes de llegar al arancel.
La experiencia continuó en Fantino, donde recorrí con Manito la Procesadora de Arroz Yuna. Allí descubrí una segunda dimensión de la productividad que normalmente permanece fuera del debate público. Entre silos, equipos de procesamiento y áreas de control, me explicó el proceso de pulimento y la importancia de medir cada etapa de la transformación industrial. El arroz no termina su recorrido cuando se cosecha: debe secarse, almacenarse, descascararse, pulirse, clasificarse, empacarse y distribuirse. En cada fase existen costos, pérdidas potenciales y oportunidades de agregar valor.
Me llamó particularmente la atención su sistema de control de calidad y laboratorio. Allí se examinan variables como humedad, porcentaje de rotura, blancura, grado de pulido, granos yesosos, daños y niveles de fortificación. Son indicadores técnicos que determinan la calidad comercial del producto y permiten corregir desviaciones durante el procesamiento. Aquella visita me recordó una lección fundamental: la productividad también consiste en medir bien, reducir desperdicios y garantizar resultados consistentes.

Manito me explicó además la estructura empresarial que sostiene esta actividad. Según me indicó, la Asociación Dominicana de Factorías de Arroz (ADOFA) agrupa 65 empresas. Incluso me describió las diez factorías de mayor dimensión, una clasificación que permite apreciar la escala alcanzada por la industria nacional. Detrás de los productores existe una importante infraestructura de secado, almacenamiento, molienda, clasificación y comercialización. Por eso, cuando hablamos de competir con arroz importado, no estamos comparando solamente agricultores: estamos comparando cadenas productivas completas.
Otro aprendizaje especialmente significativo fue conocer el proceso de fortificación del arroz mediante la incorporación de vitaminas y minerales. En Arroz Yuna, esta práctica demuestra que la innovación industrial puede contribuir también a mejorar la nutrición. Un alimento cotidiano adquiere un valor adicional para las personas sin necesidad de aumentar su cantidad. El mismo quintal puede producir más bienestar sin pesar un gramo adicional. Allí la productividad deja de ser exclusivamente una relación entre costos y rendimientos y adquiere una dimensión profundamente humana.
Pero quizás una de las enseñanzas más interesantes de la visita fue comprobar que el arroz genera valor mucho más allá del grano blanco que consumimos. El arroz partido puede aprovecharse en distintas preparaciones alimentarias y formulaciones pecuarias; el salvado y las puliduras pueden incorporarse, bajo condiciones nutricionales adecuadas, a la alimentación animal; y la cascarilla encuentra aplicaciones en la industria avícola como material de cama, además de utilizarse como biomasa y componente de sustratos para horticultura, viveros y plantas ornamentales. La paja también puede emplearse en coberturas agrícolas, compostaje y otros usos agropecuarios.
Esta diversidad revela una oportunidad económica extraordinaria. Una tarea sembrada de arroz puede contribuir a la alimentación humana, la producción avícola y pecuaria, la horticultura, las ornamentales y la generación de energía. Lo que frecuentemente consideramos residuo puede convertirse en materia prima para otra industria. La productividad superior no consiste solamente en obtener más quintales por tarea, sino en generar más valor con cada quintal producido y con cada subproducto de su transformación.
Por eso considero que el país necesita abordar esta nueva etapa desde tres dimensiones complementarias: elevar el rendimiento agrícola, mejorar la eficiencia industrial y ampliar el aprovechamiento económico de toda la cadena. La primera reduce costos desde la finca; la segunda disminuye pérdidas y garantiza calidad; la tercera multiplica las oportunidades de negocio, empleo e innovación. Las tres fortalecen nuestra capacidad competitiva.
El Gobierno ha anunciado medidas de mecanización y asistencia técnica para el sector. Es una orientación necesaria, pero su verdadero valor dependerá de resultados verificables. Debemos establecer metas para aumentar los quintales por tarea, reducir el costo por tonelada, mejorar la eficiencia del riego, ampliar el acceso a maquinaria y disminuir las pérdidas durante cosecha y procesamiento. También corresponde fortalecer la investigación, el financiamiento y la transferencia tecnológica. La productividad no puede quedarse en una aspiración: necesita indicadores, plazos y responsabilidades.
El sector privado tiene igualmente una tarea. Los productores y las factorías deben continuar modernizando sus procesos, profesionalizando la administración, compartiendo tecnologías y construyendo mecanismos de asociatividad. Un pequeño productor no necesita poseer individualmente toda la maquinaria para beneficiarse de ella. La cooperación puede permitirle alcanzar economías de escala sin perder su independencia. La organización también produce productividad.

La experiencia dominicana demuestra que la protección comercial no necesariamente significa inmovilidad. Durante dos décadas conseguimos cerrar una parte importante de nuestra brecha competitiva. Pero tampoco podemos asumir que el trabajo está terminado. Estados Unidos conserva ventajas relevantes de rendimiento, escala y tecnología. Ignorarlas sería tan equivocado como desconocer los avances alcanzados por nuestros productores.
Proteger sin elevar productividad simplemente aplaza el problema. Abrir sin preparar al productor puede destruir capacidades que tomaron décadas construir. Entre ambos extremos existe una política más inteligente: utilizar esta transición para completar la transformación que el arroz dominicano ya comenzó.
Después de recorrer los arrozales en Angelina y conocer la operación industrial en Fantino, mi reflexión va mucho más allá de la derogación de un decreto. Vi una actividad que combina tradición, tecnología, conocimiento, organización empresarial y posibilidades de innovación. Vi también cómo un producto esencial para la alimentación puede convertirse en punto de conexión entre distintas industrias y generar valor económico y social mucho después de salir de la finca.
El arroz dominicano ya demostró que puede mejorar su competitividad. Ahora necesita profundizar esa transformación, procurando que cada tarea produzca más, cada metro cúbico de agua rinda mejor, cada proceso industrial pierda menos, cada control garantice calidad y cada subproducto encuentre una oportunidad de aprovechamiento.
La mejor protección del arroz dominicano será su productividad. Porque producir más es importante, pero producir mejor, agregar valor y generar bienestar para la gente es lo que verdaderamente fortalece a un país.







