El primer día de clase en el Liceo Aníbal Ponce, en Manganagua, comenzó con un murmullo de curiosidad. Los estudiantes de quinto y sexto año me miraban con la mezcla de expectativa y escepticismo que acompaña a toda novedad. No era común que un Defensor del Pueblo llegara a enseñarles. Menos aún que viniera a hablarles de la Constitución como si fuera una herramienta cotidiana, y no un libro ajeno.
La conversación arrancó con la pregunta que sirvió de título al capítulo vivido en el aula y en el primer video: ¿Para qué me sirve la Constitución si soy pobre? Fue un golpe de realidad: un interrogante que muchos jóvenes sienten, aunque rara vez se atreven a formular. Esa pregunta, más que un recurso retórico, se convirtió en la llave que abrió la clase y le dio rostro humano al tema.
Antes de iniciar el diálogo, instalamos en la pared el Decálogo del Aula, un adhesivo visible con diez reglas sencillas para guiar la convivencia: escuchar al otro, respetar la palabra, levantar la mano para preguntar, cuidar el espacio común. Cada regla se inspiró directamente en la Constitución, para recordar que los principios de respeto, igualdad y dignidad comienzan en la forma en que convivimos dentro del aula. Fue nuestro primer acto simbólico: la Constitución no solo se estudia, también se practica.
Para acercar la respuesta, desplegamos varios recursos didácticos que hicieron de la Constitución un espejo de la vida diaria:
- Un pretest inicial midió el conocimiento constitucional previo.
- La proyección de la película Harta y dos videos creados por nuestro equipo mostraron escenas reconocibles: una madre en un hospital, un joven buscando empleo, una familia defendiendo su vivienda.
- Los estudiantes se organizaron en grupos de cuatro y escribieron, en una dinámica participativa, un derecho que sentían ausente en su comunidad.
- La lluvia de ideas fue reveladora: salud, trabajo, seguridad. Al compartirlas, entendieron que esos temas no son ajenos, sino que están en la Constitución.
- En el cierre, las preguntas detonantes permitieron que fueran ellos quienes extrajeran las conclusiones.
- Todo esto ocurrió mientras 40 centros educativos del país estaban conectados de manera simultánea, con más de 160 facilitadores apoyando la experiencia.
El esfuerzo fue colectivo. Me acompañó el equipo completo del Defensor del Pueblo, y dentro del aula el trabajo compartido con Shereline y Fior dio vida a las dinámicas y acompañó a cada grupo con entusiasmo y cercanía. Fue una muestra de que enseñar la Constitución es también un acto de comunidad.
Una estudiante lo expresó sin rodeos: «La Constitución es un papel que casi nadie lee.» Su respuesta fue tan honesta como dolorosa. Pero también fue el punto de partida para descubrir, juntos, que ese «papel» es en realidad mucho más: un mapa de derechos, un escudo contra abusos y una brújula de dignidad.






